Comarca: Costa Occidental. Aldeas: Barriada de la Estación, Costa Esuri, Isla Canela, Isla del Moral, Pozo del Camino, Punta del Moral, Villa Antonia
Asomada a la desembocadura del Guadiana y a un paso de Portugal, Ayamonte es la última ciudad española antes de la frontera: un pueblo blanco y marinero donde se cruza al Algarve en ferri, se cena atún y gamba blanca frente a la ría y se ven las mejores puestas de sol de la Costa Occidental de Huelva. Con las playas de Isla Canela y Punta del Moral, sus marismas llenas de flamencos y un casco histórico de iglesias mudéjares y casas de indianos coronado por el Parador, es una escapada perfecta para familias, amantes del mar y viajeros que quieren dos países en un mismo día.
En coche, Ayamonte es el punto final de la autovía A-49 (Autovía del V Centenario), que la enlaza con Huelva capital —a unos 50 km, algo menos de una hora— y con Sevilla, a unos 145-150 km (en torno a hora y media/hora cuarenta). Las salidas 129 y 131 dan acceso directo a la ciudad. Desde Portugal se llega por la A-22/IP1 cruzando el Puente Internacional del Guadiana, inaugurado en 1991, con sus 666 metros y sus característicos pilares triangulares.
En autobús, la estación de la avenida Cayetano Feu tiene servicios de Damas con conexiones directas a Huelva y Sevilla, y de Socibus hacia Córdoba, Madrid y el aeropuerto de Barajas. Ayamonte no tiene estación de tren: la estación de Renfe más cercana en España es la de Huelva, mientras que en la orilla portuguesa está la de Vila Real de Santo António, a unos 15 km. Los aeropuertos más próximos son el de Faro (Portugal), a unos 65 km por autopista, y el de Sevilla, a unos 150 km.
Y una forma de llegar con personalidad propia: el ferri del Guadiana. El Transporte Fluvial del Guadiana cruza el río entre Ayamonte y la portuguesa Vila Real de Santo António en unos 15 minutos, con mayor frecuencia en verano. Sigue funcionando pese al puente y es la manera más bonita —y barata— de pasar de un país a otro cruzando el estuario.
El origen de Ayamonte se pierde entre fenicios, griegos y romanos, que la conocieron por su posición junto a la desembocadura del Guadiana (los romanos la vincularon al Ostium Fluminis Anae, "la boca del río Ana"). Su nombre parece unir la raíz ibérica "aya" y el latín "montis", ambos con el sentido de "lugar elevado". Durante la Edad Media pasó a la corona de Castilla con Alfonso X; tras un breve paréntesis portugués, fue reintegrada definitivamente por Alfonso XI en 1335, convirtiéndose en cabeza del Marquesado de Ayamonte, que llegó a incluir localidades como Lepe y Villablanca.
Ligada al mar y a la Carrera de Indias —tres ayamontinos acompañaron a Colón en su primer viaje—, la villa recibió el título de ciudad en 1664 por privilegio de Felipe IV. Su vida se organizó en torno a dos barrios con carácter propio: la Villa, el núcleo histórico en alto junto a la iglesia del Salvador y el castillo, y la Ribera, el barrio bajo pegado al río, de marineros y comerciantes.
Desde la Edad Media se pescaba y salaba aquí atún y sardina, pero fue a finales del siglo XIX cuando Ayamonte vivió su gran transformación: empresarios locales trajeron de Galicia las nuevas técnicas de conserva y, junto a familias de origen catalán e italiano (Feu, Cabot, Mirabent, Roselló), levantaron una potente industria conservera y salazonera. A comienzos del siglo XX la costa onubense tenía almadrabas en activo y firmas como Feu Hermanos o Pérez Hermanos exportaban atún, sardina y mojama a Italia, Rusia, Alemania y Austria. La contracción del sector dejó pocas fábricas en pie, pero cimentó la fama gastronómica que la ciudad conserva hoy, ya volcada en el turismo.
Esa vecindad con Portugal, marcada por el río, se ha institucionalizado en la "Eurociudad del Guadiana", que une Ayamonte con Vila Real de Santo António y Castro Marim.
La cocina de Ayamonte es puro mar. En sus mesas mandan los pescados y mariscos frescos de la ría y el Atlántico: atún, la afamada gamba blanca de Huelva, coquinas, almejas, navajas, langostinos, lenguado, dorada y la popular raya, muchas veces preparada en pimentón. Triunfan los guisos marineros de toda la vida —rape a la marinera, choco (sepia) frito con habas— y, por supuesto, el atún en todas sus formas, herencia directa de las antiguas almadrabas y de la tradición conservera de la ciudad.
La repostería tiene también su hueco, con dulces muy ligados al calendario festivo, como las cocas propias de la Semana Santa o la curiosa Rosca de San Diego de noviembre. Todo ello se disfruta especialmente en los bares y chiringuitos de la Ribera, Punta del Moral e Isla Canela, con el río y la frontera portuguesa siempre a la vista.