Comarca: El Andévalo. Aldeas: La Florida, Los Campillos, Los Pinos, Puerto Blanco
Valverde del Camino es la capital indiscutible del boto campero: en sus talleres de piel nacen las botas que calzan a media Andalucía. Pero este pueblo del Andévalo onubense esconde mucho más que cuero. Su pasado minero atrajo a las compañías británicas, que dejaron una insólita colección de casas de estilo inglés —con la Casa Dirección a la cabeza— y un ferrocarril que aún hoy la une a Huelva. Artesanía, arquitectura victoriana en plena sierra y el sabroso gurumelo de sus dehesas hacen de Valverde una escapada tan auténtica como sorprendente.
En coche desde Huelva capital, Valverde del Camino queda a unos 45 kilómetros (en torno a 40 minutos) tomando la A-49 y enlazando después con las carreteras N-435 y A-493 hacia el interior del Andévalo. Desde Sevilla la distancia ronda los 100 kilómetros, alrededor de una hora y cuarto de viaje por la A-49 y las comarcales que suben hacia la sierra.
En autobús, la compañía Damas cubre la conexión con Huelva y con otros municipios del Andévalo (líneas como la Huelva–Valverde–El Cerro de Andévalo), con salidas desde la estación de autobuses de Huelva. En tren, y como curiosidad muy en consonancia con su pasado, Valverde cuenta con estación propia en la línea de Media Distancia Huelva–Zafra, un servicio ferroviario reactivado en septiembre de 2025 tras una profunda renovación de la vía: subir a ese tren es, en cierto modo, recorrer la herencia del viejo ferrocarril minero.
El aeropuerto más cercano es el de Sevilla, a unos 100 kilómetros por carretera.
Aunque sus alrededores guardan dólmenes megalíticos (los conjuntos de Los Gabrieles y El Monje) y vestigios romanos de calzadas y minas, la historia moderna de Valverde del Camino se escribió con hierro y carbón. A mediados del siglo XIX, la fiebre minera de la Faja Pirítica atrajo al capital británico, que convirtió al pueblo en un nudo estratégico para la explotación y el transporte del mineral del Andévalo.
Ese impulso se materializó en el ferrocarril: los ingleses levantaron aquí sus primeros edificios ya en 1868 (los antiguos talleres, hoy recinto ferial Femu) y tendieron las vías que enlazaban las cuencas mineras con el puerto de Huelva. Hoy la localidad sigue conectada por la línea de Media Distancia Huelva–Zafra, heredera de aquel trazado ferroviario que renació tras la renovación de la línea en 2025. La presencia británica dejó también un legado urbano único: mansiones y oficinas de estilo victoriano como la Casa Dirección (1912), residencia del director general de la compañía, o las oficinas de The United Alkali Company (1906-1907).
En paralelo a la minería creció la otra gran seña de identidad valverdeña: el trabajo del cuero. Sobre la vieja tradición de los zapateros de banquilla, a comienzos del siglo XX floreció una pujante industria del calzado —la primera fábrica moderna, J.D.L. Arroyo y Cía, se fundó en 1912— que se especializó en el calzado recio para mineros y campesinos y, con el tiempo, en el célebre boto campero. La madera y el mueble artesano completaron ese tejido productivo que aún distingue a la localidad.
La cocina valverdeña es la del interior serrano del Andévalo, sencilla y de temporada. Su gran protagonista es el gurumelo (Amanita ponderosa), una seta silvestre de las dehesas que se recolecta entre febrero y mayo y que se prepara a la plancha, revuelta con huevo, en guisos o acompañando a carnes y mariscos; es un manjar tan apreciado que alcanza precios elevados. A ella se suman las calderetas y los platos de caza propios de la zona, fruto de sus montes y dehesas.
En el capítulo dulce destacan las recetas tradicionales de raíz conventual y casera como las orejas, las rosas (o flores fritas) y los piñonates, presentes en fiestas y celebraciones locales.